Isabelle, controlador aéreo

Isabelle3-317x413Atraída por Cristo, pero incomoda ante la idea de una vida consagrada a Dios, Isabel vivió un largo tiempo dudando. Actualmente, su carrera de controlador aéreo no le impide caminar con la Comunidad de Emmanuel.

Crecí en el Suroeste, cerca de Lourdes. Siempre amé a Cristo. De niña leía la pasión antes de dormir, y lloraba en mi cama, no comprendía porque infringían tanto sufrimiento a Jesús. También, amaba a la Iglesia. Más tarde los jóvenes de mi ciudad empezaron a desertar la misa dominical. Yo era la única joven en medio de una asamblea poco numerosa. La gente decía: “Isabel, será monja”. Para muchos, una monja, era alguien que no había logrado casarse, y que no servía a gran cosa. Crecí con esas ideas en mi cabeza. Me sentía dividida, por un lado, tenía una gran sed de Dios, me gustaba mucho ir a rezar a la gruta en Lourdes, me conmovía ver religiosas profundamente llenas de Dios, como el propio párroco de mi parroquia. Por otro lado, intentaba persuadirme que nuca seria monja: eso se traducía por una vida estudiantil festiva y por la práctica de deportes de alto riesgo como el parapente. ¡Eso me tranquilizaba!
Después de efectuar estudios superiores en Toulouse, llegué a Paris en el año 1999 para ejercer mi trabajo de controlador aéreo. Era cada vez más infeliz, el compromiso que estaba viviendo no tenía ningún sentido. Un amigo me habló del foro de jóvenes en Paray-le-Monial, fui, no dudaba que allí encontraría un sacerdote para confesarme. Efectivamente, ¡descubrí la misericordia! Empecé a ir a misa durante la semana, a rezar cada día y la cuestión de la vocación volvió. Yo no hablaba de ello, ni a mí misma, ni a alguien que hubiese podido ayudarme, ni a Dios. Estaba presente, como un miedo
En agosto de 2000, volví a Paray. Una noche, invitaron a todas las personas consagradas a subir al pódium. Una señora sentada a mi lado me dijo: “Pensé que usted también iría”, molesta respondí: “non”, entonces me dijo:
«A mí me pasa igual, debe ser demasiado tarde… »
Esta frase me hizo reflexionar mucho, de regreso a mi casa, decidí de hablarlo con el Señor. Enseguida comprendí que él sabía mejor que yo lo que me haría feliz, empecé a llorar y a recitar la oración del padre de Foucauld:
«Padre, yo me abandono a ti, haz de mi lo que quieras. »
A partir de ese momento, empecé a caminar en la vida consagrada, en el seno de la Comunidad de Emmanuel. A menudo pienso en la alegría que resentí al inicio cuando acogí la llamada del Señor. Esta alegría no ha dejado de crecer, es algo grande. Continúo ejerciendo mi profesión de controlador aéreo.
Trato de ser una presencia en medio de mis compañeros de trabajo. Oro por ellos, para que un día también encuentre la misericordia de Dios.
Testimonio aparecido en Il est vivant!

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