Myriam: « Mi última oportunidad »

Myriam-Moderne-289x413Enfrentada al vacío de su existencia, Myriam atravesó una profunda depresión, fue en ese momento que hizo el encuentro con Cristo, en la eucaristía.

En la adolescencia, una gran búsqueda espiritual creció en mi corazón. Yo era bautizada y muestra madre nos había enseñado el Padrenuestro, el Dios te salve María, que recitábamos todas las noches. Eso era todo. Queriendo avanzar más, con mi hermano nos inscribimos a catecismo. De padres divorciados y de un medio social muy diferente al de los demás, no llegamos a encontrar nuestro lugar y renunciamos a ello. Más tarde y siguiendo siempre mi sed interior, visité a los Testigos de Jehová, a los budistas, a los musulmanes, busqué prácticas de desarrollo personal, etc. Pero siempre había algún obstáculo, y llegué a la conclusión que el Dios en el cual yo creía en el fondo de mi corazón no estaba presente en ninguno sitio.

Decepcionada, llegué a sentir una cierta alergia hacia la religión. Continuaba frecuentando los lugares de culto, fuera de los horarios donde había oficios. Me fui a trabajar a Londres, solo deseaba que llegase la hora de la pausa, para ir a sentarme en una iglesia. Eso me tranquilizaba, pensaba en mi interior en la cantidad de personas que habían rezado allí, y que si un día Dios quería revelarse a mí, seria en un lugar parecido. Avanzaba a mi manera, en paralelo a la religión católica pero sin seguir ningún oficio, ¡que de todos modos no comprendía el significado!

Más tarde y de decepción en decepción, la cuestión sobre el sentido de mi vida se impuso a mí; “¿Qué finalidad? Dios tú me has olvidado, te busco en todas partes y no te encuentro. ¡Por tanto, sé que existes!” Estaba cansada de esa búsqueda, aunque rodeada de mucha gente, me sentía muy sola. Caí en una profunda depresión. No tenía ningún deseo de vivir, seguía un tratamiento médico pesado: antidepresivos, ansiolíticos, somníferos, etc.

Le puzle se recompuso

Durante una visita a mi familia en Francia, mi madre me propone acompañarla en las Antillas, de donde soy originaria. Ahí, una tía me invita a su grupo de oración. Aunque reticente, acabo por acompañarla. Descubro un grupo de mujeres que oran con los brazos levantados, cantando en una lengua extranjera. ¡Tengo la impresión, que han bebido demasiado ron! Preguntan si hay alguien que desea que oren por ella, mi tía me empuja cariñosamente, me acerco, oran por mí y siento como esclusas que se abren en mi interior. Una de las mujeres, da una palabra que me toca en lo más íntimo, otra da una palabra que me retorna por completo: “Jesús te ama”.  En un instante, el puzle se recompuso. Todas mis cuestiones encontraron una respuesta. Por la noche, mi tía me dijo que va a ir a misa al día siguiente a las 6 de la mañana, aunque bastante débil a causa de mi estado depresivo, decido de acompañarla, como esa fuese mi última oportunidad. En el momento de la elevación, reconocí en la eucaristía la persona  “habló” a mi corazón el día anterior: ¡es Jesús, es el mismo! Siento en mí un gran deseo de recibirlo, mi tía me aconseja de hablar antes con un sacerdote, miembro de la Comunidad de Emmanuel, cosa que hago inmediatamente después de la misa. El sacerdote me escucha durante una hora y me da la dirección de una parroquia del Emmanuel en Paris. De regreso a Paris, contacto con la parroquia, me preparo a la primera comunión que recibo unos meses más tarde. ¡Llevaba tantos años esperando ese encuentro! Cuando recibí a Cristo, me asalto una pregunta: “¿eso es todo?”  Enseguida me vino la respuesta: “¡Si, es todo!” ¡Es toda mi vida, es mi todo!

A través de este sacramento el Señor me sano progresivamente de la depresión. Le había pedido esa gracia y, con un seguimiento médico serio, pude dejar de tomar los medicamentos al cabo de tres meses.
Sí, es verdaderamente Jesús al que encontramos en la eucaristía, yo lo he experimentado y mi vida fue transformada. Me comprometí en la Comunidad de Emmanuel en enero de 2013

Testimonio inicialmente publicado en L’1visible.

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